TRASTORNO DISFÓRICO PREMENSTRUAL Y BIODESCODIFICACIÓN: TRISTEZA Y SENTIDO DE CULPA

Por Jesús Casla
Terapeuta de BioNeuroEmoción –

 Descodificación Biológica
& Hipnosis Clínica Reparadora

www.dbr-casla.com

 

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Alrededor del 80% de las mujeres sufren en algún momento, a lo largo de su edad fértil, el síndrome premenstrual, ese conjunto de alteraciones físicas y anímicas vinculadas al ciclo menstrual que, sobre todo a partir de la maternidad y antes de alcanzar la menopausia, puede afectar seriamente sus vidas.

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Trastorno disfórico premenstrual: fragilidad, desesperanza y asuntos pendientes de la infancia

Diversas circunstancias culturales, sociales, familiares y personales se conjugan y alteran la vida de la mujer que presenta un cuadro clínico en el que los malestares físicos y anímicos resultan claramente reconocibles, como retención de líquidos, dolor de cabeza, gases, hipersensibilidad en los senos, estreñimiento, malestar estomacal, intestino irritable, así como dolores musculares, en las articulaciones y en la espalda. Esto en cuanto a los síntomas físicos; pero no podemos olvidar los anímicos, como irritabilidad, sensación de culpabilidad, miedo, tristeza y desesperanza.

El trastorno disfórico premenstrual (TDP), también conocido como síndrome disfórico premenstrual (DTP), representa una alteración más extrema e incapacitante que el síndrome premenstrual. La menstruación comprende el proceso cíclico de descamación del endometrio, asociado a una serie de cambios hormonales que afectan a la conducta, el humor, la temperatura corporal y el apetito de la mujer. Precisamente, el trastorno disfórico premenstrual se caracteriza por la exacerbación  de los cambios somáticos y psíquicos que tienen lugar durante la fase luteínica  del ciclo menstrual, es decir, después de la ovulación; de ahí que también sea conocido como desorden de la fase luteínica (DFL) y se presente normalmente diez días antes de la regla.

Habitualmente, los síntomas emocionales, comportamentales y somáticos característicos del trastorno disfórico premenstrual remiten cuando se presenta la regla. Podemos suponer que las alteraciones menstruales, como manifestación de conflictos y problemas emocionales de la mujer, existen desde el origen de la especia humana. Ya en el siglo IV a.C. Hipócrates  (460 – 370 a.C.) observó y realizó las primeras descripciones del trastorno disfórico premenstrual. Incluso en el siglo XI la doctora italiana Trotula de Salerno reseñó en sus estudios sobre medicina femenina el hecho de que muchas mujeres se curaban  de este trastorno con la llegada de la menstruación.

Así como el síndrome premenstrual hemos visto que afecta a la mayoría de las mujeres en edad fértil, la incidencia del trastorno disfórico premenstrual es muy inferior pues se calcula que sólo lo llegan a sufrir aproximadamente un 5% de ellas. Suele presentarse a partir de los veinte años, por lo que no coincide con la menarquia, y resulta más habitual e incapacitante durante la cuarta década de vida. El trastorno disfórico premenstrual altera la vida de la mujer de un modo contundente con repercusiones físicas y psíquicas que condicionan la relaciones familiares, profesionales  y sociales.

Si bien los síntomas asociados al síndrome premenstrual y al trastorno disfórico premenstrual son prácticamente los mismos, en el segundo no sólo se observa una mayor severidad de los síntomas sino también, y este es posiblemente el mayor rasgo distintivo, un notable predominio de los síntomas anímicos sobre los físicos. De hecho, el trastorno disfórico premenstrual se manifiesta muy frecuentemente en mujeres que han sufrido o están sufriendo cuadros depresivos.

En el trastorno disfórico premenstrual debemos distinguir dos fases.

Fase folicuar o proliferativa:

Abarca desde el comienzo de la menstruación hasta el inicio de ovulación, es decir, desde el 1º hasta el 13º día del ciclo. Se corresponde, por tanto, con la preovulación. Durante esta fase, la proliferación hormonal hace que el tejido del útero crezca. El ovario produce estrógenos, el óvulo madura y el endometrio se engrosa.

Fase luteínica o secretora:

Corresponde a la postovulación. Esta fase abarca desde el comienza de la ovulación hasta el inicio de un nuevo sangrado menstrual. Suele prologarse desde el 13º hasta el 28º día del ciclo. Cuando el óvulo no es fecundado, éste se desintegra y es expulsado con el sangrado de la siguiente menstruación, iniciándose de este modo un nuevo ciclo menstrual.

Entre los síntomas característicos del trastorno disfórico premenstrual cabe destacar los siguientes:

Depresión, tristeza, desesperanza, ataques de llanto e inestabilidad emocional.

Pensamientos suicidas.

Trastornos de personalidad.

Ansiedad, angustia y desesperación.

Ira e irritabilidad acentuada.

Pérdida de interés por las cosas.

Dificultades de concentración.

Fatiga.

Apetito excesivo y antojos de determinados alimentos.

Sobrepeso.

Insomnio.

Ataques de pánico y sentimientos de pérdida de control.

Hipersensibilidad e hinchazón de los pechos.

Dolor de cabeza.

Distensión abdominal, dolores musculares y articulares.

Se establece como pauta general para considerar la existencia de un trastorno disfórico premenstrual que en los diez días previos a la menstruación se manifiesten al menos cinco de los síntomas mencionados, principalmente los de carácter anímico, y que lo hagan con una intensidad capaz de interferir seriamente en el normal desarrollo de la vida de la mujer, ya sea trabajo, estudios o vida personal. Además, esto debe ocurrir durante al menos tres ciclos menstruales consecutivos.

El predominio de los síntomas anímicos hace que las mujeres que sufren trastorno disfórico premenstrual se sientan especialmente frágiles durante la fase luteínica de su ciclo menstrual. Es normal que describan sensaciones de pesadez en sus extremidades y lentitud en sus movimientos. A todo ello se añade que las dificultades para conciliar el sueño y la fatiga acumulada les hacen sentir angustia, irritabilidad e incomodidad.

A través de la descodificación biológica de los síntomas que componen el cuadro clínico del trastorno disfórico premenstrual podemos acceder a las circunstancias y los conflictos emocionales que enfrenta o ha enfrentado la mujer, sin olvidar en ningún momento que el síntoma principal, más habitual y característico es la depresión; un sentimiento profundo de tristeza y desesperanza que incluye intentos o pensamientos de suicidio en alrededor del 8% de las mujeres afectadas.

Si hacemos una lectura del sentido biológico de los síntomas como vehículo de expresión del inconsciente, el trastorno disfórico premenstrual revela que la mujer vive su condición femenina desde la fragilidad y la desvalorización, como revela su inconsciente a través de los  habituales dolores articulares. Probablemente no se sintió reconocida en el ámbito familiar o en la fratría durante su infancia. Siente que no se respetó su identidad y que nunca pudo ocupar el lugar que le correspondía. A menudo, se trata de mujeres a las que cuando fueron niñas las circunstancias familiares les obligaron a madurar prematuramente,  viéndose obligadas a asumir responsabilidades que no les correspondían, como cuidar de sus hermanos, de su padre o incluso de su madre por ausencia o enfermedad de ésta. Les fueron arrebatadas para siempre partes cruciales de su niñez y de su adolescencia mientras ejercían de niña-mujer. Etapas de su vida que ya nunca recuperará. Siente que no ha vivido ni ha tenido el control de su vida y que no se ha respetado su derecho a ser niña cuando le tocó serlo. Todo ello está en el origen de esa desesperanza y ese abatimiento que siente hoy, porque sigue albergando en su interior asuntos pendientes con sus padres desde la primera etapa de su vida; cuestiones que reprimió y que siguen instaladas en su inconsciente como asignaturas pendientes. Con esa fragilidad de fondo, se ve como víctima y siente lástima de sí misma. En casos extremos, puede llegar a intentar el suicidio o contemplar esa opción como forma de captar la atención precisamente de aquellos hacia quienes siente rencor porque considera que no la cuidaron o no la reconocieron su identidad en la infancia o la adolescencia.

La fragilidad y las asignaturas pendientes del pasado hacen que se deje dominar fácilmente por sus miedos y adopte posturas fatalistas. Pierde la confianza y cae presa de la angustia y la ansiedad, ahogándose ante escenarios futuros que ya descuenta como fatídicos sin ni siquiera tener la seguridad de que se vayan a producir. La angustia y el miedo la llevan a una actitud de apatía y negatividad ante todo lo que forma parte de su vida, ya sea trabajo, familia o relaciones. En el fondo, sigue enganchada a los capítulos dolorosos que no pudo o no supo cerrar o asimilar en el pasado, encerrada en una especie de círculo vicioso del que no encuentra la salida. No consigue digerir aquellos traumas y, aunque no sea consciente de ello, además de víctima también se siente culpable por no haber podido gestionarlo de otro modo. Esta actitud de seguir atada al pasado sin tomar medidas ni decisiones es la que está detrás de los trastornos del sueño y las cefaleas tan comunes en los casos de trastorno disfórico premenstrual.

La mujer que sufre este trastorno se desvaloriza y habitualmente antepone los intereses de otras personas de su entorno (pareja, hijos, etc.) a los suyos propios. Baja autoestima como madre, como esposa y como mujer que le lleva a sacrificarse sobremanera por los demás mientras se desautoriza y se exige demasiado. Se entrega a los otros olvidándose de sí misma, precisamente por su inseguridad, su fragilidad y por miedo a sentirse sola o abandonada. Cuando esto ocurre, se activa el programa biológico que la llevará a retener líquidos y ganar peso.

La mujer que padece trastorno disfórico premenstrual ha interiorizado la creencia de que cuando fue niña no respetaron su espacio ni reconocieron su identidad por el hecho de ser mujer. Es más, achaca su fragilidad y baja autoestima precisamente a su condición femenina. Todo ello le ha llevado a rechazar su feminidad por los inconvenientes que ella considera que conlleva. Estas situaciones emocionales son las que con mucha frecuencia alteran el ciclo menstrual de la mujer. El trastorno disfórico premenstrual no es la excepción sino la confirmación, extrema, pero confirmación, de ese rechazo de la propia mujer a su cuerpo, a su condición femenina y, por extensión, a su propia sexualidad por limitante y condicionante ante las normas intrafamiliares en las que ha crecido y las reglas sociales y culturales predominantes. Vive y siente todo ello con impotencia, como imposición.

El trastorno disfórico premenstrual manifiesta que la mujer cree que ha sido insuficientemente considerada e injustamente tratada. Se siente frágil, desamparada y vulnerable. Por eso es tan común que pierda toda motivación e interés incluso por cosas que antes habían resultado importantes para ella. Todo ello hará que caiga en sensación de bloqueo que acentuará sus miedos.

A la hora de tratar en terapia el trastorno disfórico premenstrual es necesario analizar en detalle cómo fue la infancia y la adolescencia de la mujer, el ambiente familiar en el que creció y, sobre todo, la relación que tuvo con sus padres. Este trastorno responde a un conflicto emocional profundo que se gesta en la primera fase de la vida; pocas veces surge directamente relacionado con las circunstancias de su vida de pareja. Asimismo, es preciso hacer el estudio de su transgeneracional y de su proyecto sentido para conocer qué memorias inconscientes ha recibido en el momento de su concepción, ya sea de otras mujeres del clan o de su propia madre. Memorias referidas a antecedentes de este mismo trastorno o a mujeres que vivieron situaciones de desvalorización, depresión, etc. Todo ello permitirá a la mujer afectada tomar conciencia de qué conflicto o conflictos emocionales están detrás de su trastorno disfórico premenstrual. A partir de ese momento estará en disposición de desactivar el conflicto en su inconsciente y, por tanto, liberarse de este malestar.