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Acné y Biodescodificación. Desvalorización estética y rechazo de la propia imagen (Jesús Casla)

By 06/02/2022No Comments

 

Jesús Casla 

Escritor, consultor, terapeuta y catedrático.

Descodificación Biológica – Biodescodificación,

Descodificación Transgeneracional

Hipnosis Regresiva Reparadora (HRR)

Creador de la Descodificación Biológica Reparadora (DBR)

Fundador del DBR Institute APS

 

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En una sociedad como la actual, superficial y banal en tantos aspectos, entregada al plus quam hedonismo, donde rige como axioma sacro el dicho de que “una imagen vale más que mil palabras”, el aspecto externo, especialmente el rostro, se convierte en nuestra tarjeta de presentación, la fachada visible y, por ende, la identidad pública. La imagen, volátil, abre o cierra puertas y el acné probablemente también.

Se trata de un trastorno de la piel que tiene lugar cuando los folículos pilosos se obstruyen con grasa y células cutáneas muertas, dando lugar a las espinillas.

El acné indica un deseo de alejarse y alejar a los demás para no dejarse ver, esto es, apartarse o apartar a los demás con el propósito de evitar la exposición.

La persona que sufre esta afección está herida, no se ama o no sabe amarse. En cualquier caso, subyace siempre una marcada carencia de autoestima, de apreciación y valoración de sí misma. Esa falta de autoestima le puede llevar a dejar de lado sus propias necesidades; renunciar a su autenticidad y a su integridad para intentar complacer a los demás, siendo como ellos esperan sea, especialmente en el entorno familiar y afectivo. Esta actitud de renuncia pone de manifiesto de nuevo, y refuerza aún más, la baja autoestima.

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El acné delata un cuadro emocional de fragilidad interna que emerge de un inequívoco conflicto de identidad.

Desvalorización estética que lleva a la persona a no sentirse cómoda ante su propia imagen porque se ve y se juzga con los ojos de los otros y no con los propios. A causa de la desvalorización, rechaza su aspecto, más aún si esto viene alimentado desde fuera. La persona afectada recibe e interpreta los gestos, palabras o actitudes de los otros como un insulto, una mancha de la que no puede o no sabe cómo desprenderse, sin encontrar tampoco, por su baja autoestima, el modo de dar la justa réplica.

Esta afección se presenta sobre todo en las partes más grasientas del rostro, poniendo de manifiesto, como ha quedado dicho, la desvalorización estética y el rechazo de la propia imagen.

Además, subyace el miedo, sobre todo referido a la sexualidad. Es decir, el anhelo de esconder, eliminar o disimular lo que podría resultar peligroso por atraer o provocar la excitación sexual de otras personas; una suerte de autoprotección o barrera para alejar y estar a salvo. En cambio, cuando el acné se concentra en la espalda y los hombros refleja que la persona no se siente apoyada. Se hace cargo no sólo de sus propias responsabilidades, también de las ajenas, y las asume para no ser rechazada, como medio para sentirse acogida y reconocida, aunque en el fondo no se sienta ni comprendida ni apoyada. El acné en el pecho pone de relevancia una sensación de rechazo en el territorio, probablemente en el ámbito afectivo y familiar, problema que habitualmente afecta a personas tímidas que se sienten incapaces de expresar su sentir con quienes comparten su espacio.

El acné suele hacer acto de presencia al inicio de la pubertad, aunque en ocasiones permanece durante la edad adulta; pero es una afección vinculada principalmente a la adolescencia, período en el que la imagen, así como los notables y acelerados cambios físicos propios del desarrollo, cobran un protagonismo enorme. Por esto mismo, los niños apenas sufren problemas de acné, pues en la infancia la propia imagen ocupa un segundo plano. Sin embargo, apenas unos años después, a partir de la pubertad, la aceptación y la imagen adquieren una notable relevancia.

La vorágine de cambios físicos hace que el adolescente, inmerso en una convulsa fase de tránsito, se sienta inseguro y, no sólo eso, también que se pregunte si gusta en su entorno, si es aceptado o rechazado.

Y entra en bucle porque la situación que vive alimenta una sensación interna de constante incertidumbre e inseguridad.

Entre el maremagnum de cambios físicos y emocionales que debe afrontar el adolescente está, sin duda, el despertar de la sexualidad que en ocasiones es vivido con miedo, ya sea por las normas culturales, religiosas o sociales inculcadas a través de la educación, o de la mano del inconsciente familiar, sobre todo cuando en las generaciones precedentes otros han vivido experiencias como embarazos no deseados, violaciones, adulterios o cualquier otro trauma referido a la sexualidad. El acné, concretamente el que aparece en la etapa juvenil, puede guardar relación con ese despertar de la sexualidad y los temores intrínsecos; esto es, el probable deseo inconsciente de protección, la búsqueda de eludir riesgos posibles o el intento de pasar desapercibido para no atraer el peligro.

La persona adolescente con acné vive replegada porque se cuestiona a sí misma, no reconoce ni valora sus capacidades y talentos.

Por su inseguridad y fragilidad, tiende a recluirse y por ello se aleja de los demás. El acné se convierte en un aliado para ese propósito, una barrera protectora que le pone a salvo. Al fin y al cabo, el alejamiento y la soledad le proporcionan una zona de confort donde no existe el riesgo de tener que afrontar, desde la inseguridad y a cara descubierta, el posible rechazo.

La etapa propicia del acné se difumina cuando el joven descubre que existen en la vida otras cosas más importantes que el aspecto físico y que éste es, en definitiva, irremediablemente volátil y cambiante. También cuando se da cuenta de que la aceptación por parte de los demás no siempre depende, ni mucho menos, de su apariencia física; que atesora otros valores y capacidades a los que previamente no había prestado la atención debida, pero que definen su personalidad, delinean su identidad y, por ende, le otorgan más atractivos.

El adolescente que padece este problema en su piel debe revisar la percepción que tiene de sí mismo, cómo se observa, cómo se siente cuando se observa y, por ende, cómo se juzga.

Pero no sólo en lo referente a su aspecto físico, porque es precisamente la excesiva importancia que otorga a su imagen la que le lleva a infravalorar o ignorar el resto de sus capacidades y atractivos, renunciando, de ese modo, a una parte de sí mismo.

En muchos casos, el acné persiste más allá de la adolescencia en personas que, a pesar de la edad, se quedaron ancladas en aquella época porque continúan viviendo y afrontando situaciones de su vida y de su imagen como si el tiempo no hubiera transcurrido. Siguen presas de las mismas inseguridades, reacias a poner en valor algunos aspectos de su vida, al margen de la apariencia o el aspecto físico. Personas, en suma, que no han variado sus percepciones, permanecen atrapadas en la fragilidad y, consecuentemente, en la búsqueda de levantar barreras que les permitan mantener las distancias con los demás.

La persona que tiene acné debe comprender que necesita mirarse de modo distinto, anteponiendo su propio criterio al de los demás, reconociendo su belleza, su individualidad y sus capacidades.

Una mirada que, trascendiendo lo físico, busque los valores y capacidades que atesora. Es así como podrá identificar, considerar y poner en valor el sólido cimiento emocional sobre el cual asentar su imagen auténtica, que siempre había estado ahí.

 

Jesús Casla es autor de los libros:

Descodificación Bio-Transgeneracional. Secretos y claves del árbol genealógico 

El ciclo menstrual y sus síntomas. Descodificación biológica y emocional 

La memoria emocional de la vida uterina

Huellas emocionales de la infancia. Una visión sistémica de las relaciones familiares

Belleza emocional. Aportes para una búsqueda interior

 

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