TRANSGENERACIONAL: IDENTIFICACIÓN ENDOCRÍPTICA Y SÍNDROME DEL FANTASMA

Por Jesús Casla
Terapeuta de BioNeuroEmoción –

 Descodificación Biológica
& Hipnosis Clínica Reparadora

www.dbr-casla.com

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Si el inconsciente familiar, concepto acuñado por Alejandro Jodorowsky, hace referencia al sustrato de memorias y experiencias que comparten todos los integrantes de un mismo clan familiar, la transmisión transgeneracional es precisamente el trasvase de esas memorias, experiencias y conflictos emocionales entre las generaciones de un clan, vertebrando y consolidando su estructura sistémica y repitiendo patrones de conducta y de identidad. Las circunstancias que han conformado la vida de individuos de una generación, especialmente cuando han sido traumáticas, se legan e influyen en los integrantes de generaciones posteriores.

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Síndrome del fantasma: transmisión transgeneracional, repetición de lo traumático

Los psicoanalistas húngaros Nicolas Abraham y Maria Törok fueron los primeros en incorporar el concepto de transmisión transgeneracional en sus trabajos sobre conceptos transgeneracionales como el duelo, las identificaciones y el fantasma. De modo que el inconsciente familiar, a través de los padres, deposita en las generaciones sucesivas valores y actitudes que han formado parte de las generaciones precedentes. En esa transmisión inconsciente también tiene cabida la asignación de tareas a realizar, como reparar humillaciones y traumas sufridos en el clan o elaborar duelos pendientes. Estas tareas representan  una pesada carga en el inconsciente familiar, por lo que se transmiten de generación en generación, normalmente con una vigencia de hasta cuatro generaciones, a la espera de que algún miembro del clan tome conciencia o repare y desactive el trauma. Estos conflictos emocionales enquistados en el inconsciente familiar suponen también un pesado lastre para los descendientes del clan que, desde su nacimiento, se identifican inconscientemente con los comportamientos y emociones de padres y abuelos, buscando de este modo su integración y reconocimiento como miembros de la familia. Son reacciones biológicas. En sentido arcaico, la pertenencia al clan, al grupo, es un requisito esencial para poder subsistir. Por el contrario, el hecho de poder ser excluido, abandonado, significa morir de hambre o quedar indefenso a merced de los depredadores. Estas memorias, actitudes y peligros continúan grabados en nuestro inconsciente. Su vigencia se traduce en sentimientos de temor ante la mera posibilidad de ser expulsados. Ese miedo a la exclusión implica la deducción de que no hay porvenir si no es en el interior del clan. El  miedo a la exclusión y, por ende, a lo desconocido es lo que lleva a los miembros de un clan a obedecer los mandatos del inconsciente familiar y permanecer fieles a él haciendo siempre lo mismo, representando roles similares, a veces insatisfactorios, sin saber por qué.

El hombre tiene una necesidad biológica de conservación y supervivencia; pero, como integrante de esa estructura sistémica que es el clan, tiene también una necesidad de transmisión genética y cultural a sus descendientes. Es el inconsciente familiar, que no se puede entender desprovisto de su inherente componente hereditario. Al integrarse en el clan desde su nacimiento, el ser humano recibe ideales, memorias, creencias, mitos e identidad, de modo que el inconsciente de cada miembro del clan lleva la huella del inconsciente de otros integrantes. Es decir, en el inconsciente de uno se enquistan formaciones inconscientes de otro, dando lugar a la identificación y, sobre todo, a la transmisión.

Precisamente, la no comprensión de cómo se articulan la identificación y la transmisión transgeneracional nos impide poder actuar libremente, al margen de los mandatos inconscientes del clan, quedando expuestos a lealtades invisibles que quizá no comprendamos y que probablemente alteren y condicionen nuestra vida. Este trasvase entre generaciones incluye, obviamente, talentos y recursos; pero también secretos y traumas no resueltos por las  generaciones previas. De hecho, la transmisión y la identificación se articulan, sobre todo, en torno a lo traumático, los secretos, los silencios. Cuando un suceso traumático no es comprendido y expresado, o no ha podido realizarse el duelo correspondiente, puede quedar integrado en el inconsciente familiar como una memoria o programa que se transmita de generación en generación. Es así como surgen los mandatos y las alianzas inconscientes, o lealtades invisibles, dentro de un clan.

Abrahan y Törok incorporaron en sus trabajos los conceptos de identificación endocríptica y de fantasma referidos a los traumatismos que producen en el clan las pérdidas dolorosas e inesperadas. El trauma de la pérdida se instala en el inconsciente familiar como si de una verdadera cripta se tratara. A menudo, los traumas, los secretos y los silencios de  los  padres  se instalan en los hijos como un muerto sin sepultura, como un fantasma que retorna desde el inconsciente induciendo fobias y obsesiones. Se trata de una identificación oculta, silenciada. Y esto, la ausencia de palabras, es precisamente lo que más daña a los descendientes. Por que los silencios cargados de emociones pueden tener consecuencias letales, sin olvidar que cuanto más se intenta ocultar, olvidar o silenciar un secreto, más persistente es su recuerdo, más profundamente queda registrado en la memoria y más insistentemente brota a través de lapsus, gestos y comportamientos forzados.

Por tanto, el término síndrome del fantasma o yaciente se usa para indicar que alguien porta en su inconsciente una memoria o una información pesada que lastra su vida. Memorias traumáticas referidas a muertes inesperadas e injustificables para la generación del clan que lo vivió; pérdidas que no fueron admitidas y tampoco gestionadas cuando ocurrieron, duelos que quedaron pendientes. Habitualmente se trata de muertes especialmente traumáticas, como suicidios o decesos prematuros de niños. Acontecimientos suficientemente traumáticos y dolorosos que desbordan la capacidad de comprensión y gestión emocional por parte de las personas que los experimentan. El impacto emocional provoca la negación de esos sucesos y la adopción del silencio como solución de protección “aparente”. Sin pretenderlo, las personas inmersas en el dolor e incapaces de asimilarlo generan con su silencio un “no dicho” que echa profundas raíces en el inconsciente familiar. La memoria de esos sucesos permanece viva en el inconsciente familiar y, precisamente porque se esconde tras una cortina de silencio, se transmite a las generaciones venideras como identificación endocríptica o fantasma, convirtiendo en yaciente al receptor más identificado, por afinidad trasngeneracional, con dichas memorias de dolor. Duelos no hechos, rescoldos vivos de lo reprimido y no asimilado, que quedan como asuntos pendientes en el inconsciente familiar y que finalmente acaban incorporándose al inconsciente de un descendiente que ha sido concebido después de tener lugar el suceso traumático.

La identificación endocríptica, o síndrome del fantasma, consiste precisamente en el trasvase de toda la herencia emocional referida al suceso traumático o a las circunstancias del antepasado desaparecido de forma repentina y traumática a un descendiente como mandato inconsciente del clan para que éste comprenda, repare y cicatrice la herida emocional. El clan busca, en definitiva, la redención en el receptor y éste, depositario inconsciente de tan pesada carga, vive con el deseo de expresar algo que probablemente ni siquiera intuya, lo que puede llegar a limitarle y condicionarle anímica y emocionalmente.

Los yacientes, es decir, las personas portadoras de una identificación endocríptica o de un síndrome del fantasma, manifiestan una marcada tendencia a la tristeza ya que viven permanentemente bajo el peso de ese duelo que les ha sido asignado por el inconsciente familiar. Personas con claras tendencias depresivas desde la infancia, que no se autorizan a sentir o a experimentar placer. Son muy habituales los casos de bruxismo o mandíbula tensa y bloqueada, que no es más que la manifestación física de esa negación del placer, represión nocturna de los anhelos y palabras que no se dicen durante el día. Rabia y agresividad retenidas que la persona –receptora inconsciente de la identificación endocríptica- ni siquiera sabe por qué surgen, o contra qué y contra quién van dirigidas.

Suelen ser personas que habitualmente se expresan en un tono de voz muy bajo, como si quisieran pasar desapercibidas. Que tienen la extraña sensación de estar viviendo la vida de otro. Sienten que a veces toman decisiones aparentemente absurdas como si alguien o algo guiara sus pasos al margen de su propia voluntad. Observan que su vida transcurre entre episodios de melancolía crónica y ausencias inexplicables. A veces pueden tener la sensación de que en su interior anidan dos presencias, dos voluntades contradictorias que dificultan la toma de decisiones. Y cuando éstas son adoptadas, surge el reproche interno porque “la otra” parte manifiesta su disconformidad.

Personas que prefieren la ropa oscura y los ambientes oscuros, especialmente para dormir. Cuando duermen suelen hacerlo con los brazos al costado o sobre el pecho. Entre los yacientes es frecuente el sonambulismo. Asimismo, hay yacientes que durante las horas de sueño no paran de moverse como si esa dualidad interna no conociera el descanso. Esa extraña dualidad puede abocar a la persona a sentirse lastrada, paralizada en sus proyectos. Otras veces, en lugar de un freno, la identificación endocríptica conduce al yaciente a desarrollar una hiperactividad insufrible, sobre todo cuando aún son niños.

Aparte del bruxismo y la hiperatividad previamente referidos, existen otros síntomas o patologías que frecuentemente indican la posible existencia de un síndrome del fantasma o identificación endocríptica. Es muy común entre los yacientes la esclerosis en placas, que en más del 75% de los casos son de origen transgeneracional. Asimismo, y como manifestación de esa misma dualidad y debate internos, son frecuentes las patologías que condicionan o limitan la movilidad del yaciente, como por ejemplo la rigidez, parálisis, parkinson o poliartritis reumatoide. El sobrepeso y la retención de gases son otros síntomas frecuentemente vinculados a la existencia de síndrome del fantasma, así como las enfermedades pulmonares como bronquitis, asma o insuficiencias respiratorias. También las apneas, la existencia de parásitos intestinales y algunas diabetes. Las enfermedades mentales merecen una mención aparte porque algunas de ellas, sobre todo autismo y esquizofrenia, aparecen vinculadas a menudo con el síndromes del fantasma y normalmente ponen de manifiesto que el  origen de la identificación endocríptica se encuentra en la tercera o cuarta generación anterior al yaciente, es decir, en la generación de sus abuelos o de sus bisabuelos.

Obviamente, todas las características y patologías referidas son generalidades y tendencias, y como tales deben entenderse. Cualquier análisis serio y riguroso de un posible síndrome del fantasma o de una identificación endocríptica debe consolidar la posible sospecha de su existencia en la presencia de al menos dos de las características o síntomas mencionados, así como en un profundo y detallado estudio transgeneracional.

Tipos de yacientes

El antepasado desaparecido en circunstancias traumáticas que da lugar a la identificación endocríptica o síndrome del fantasma debe haber fallecido antes de ser concebido el receptor, el yaciente. Los efectos y consecuencias del síndrome del fantasma son más intensos y graves cuando el yaciente es concebido dentro de los tres meses siguientes al deceso del antepasado o cuando nace un año después de la muerte. Igualmente, si son varios descendientes del mismo clan los que son concebidos en los meses posteriores a la muerte, el síndrome del fantasma se dejará notar con mayor intensidad en el primero de ellos. El inconsciente familiar dispone sus mandatos y establece sus reglas entre los nuevos miembros del clan buscando la identificación, la reparación del trauma y la realización del duelo pendiente.

El yaciente es vertical cuando sus fechas de concepción o nacimiento guardan relación con la fecha de muerte del antepasado, perteneciente a una generación anterior y, obviamente, el primero fue concebido después del fallecimiento del segundo.

En cambio, el yaciente es horizontal cuando recibe la identificación endocríptica de un hermano fallecido o abortado (intencionada o espontáneamente). En este caso también debe cumplirse el requisito de que el yaciente haya sido concebido después del fallecimiento.  Realmente, el yaciente horizontal es concebido para suplir al hermano fallecido como “hijo de sustitución”. Si, además, el “hijo de sustitución” recibe el mismo nombre del fallecido o el nombre que los padres deseaban ponerle al bebé abortado o nacido muerto, las consecuencias del síndrome del fantasma serán más graves y acusadas. También debe considerarse como yaciente horizontal el caso de hijos de sustitución que, habiendo sido concebidos incluso años después de la desaparición de un hermano, reciben inconscientemente de la madre el proyecto sentido de reemplazar al hermano desaparecido. Esto también implica un mandato inconsciente y, por tanto, aunque de una manera no tan evidente, da lugar a la identificación endocríptica en el receptor. El “hijo de sustitución” recibe de la madre, a través del proyecto sentido, el mandato de reemplazar al hermano muerto, de ser como él y de proyectar en este tiempo la figura de aquél.

El concepto de “fiestamanía” está muy ligado al síndrome del fantasma. La ley sagrada del clan familiar es garantizarse su propia supervivencia y nada debe poner en riesgo esa máxima. Cuando el clan pierde a uno de sus integrantes es muy habitual que se despierte entre los miembros supervivientes un anhelo inconsciente de reemplazarlo, un deseo compulsivo de hacer el amor para garantizar la sustitución. Se trata de un impulso biológico e inconsciente. Si se dan circunstancias traumáticas de muerte como las expuestas, nace la identificación endocríptica porque el clan, además de la supervivencia, busca también sanar y cerrar los capítulos que han quedado inconclusos o pendientes en la historia familiar. No hay cadáver; pero llega un niño que toma su sitio. El muerto desaparece en el niño. Asociada a la vergüenza y la culpa, la llamarada de sexualidad de la “fiestamanía” contribuirá a acentuar el trauma y el silencio.

Como conclusión, el yaciente se ve desprovisto de vivir en plenitud su propia vida. Carga con la pesada losa del trauma del antepasado y, además, recibe el mandato inconsciente de cerrar o curar el trauma familiar. Todo ello le lleva a vivir una vida ajena, extraña, porque está a merced de circunstancias cuyo control se le escapa. De hecho, es como si no existiera, como si no valiera por sí mismo. Esto explica por qué entre los yacientes son tan habituales los problemas de identidad y las tendencias depresivas.

Tomar conciencia de la identificación endocríptica y hacer el duelo pendiente es la única forma de cerrar el capítulo traumático para que no siga transmitiéndose al menos durante cuatro generaciones antes de comenzar a diluirse. El duelo es un proceso a través del cual la persona o el clan que ha sufrido una pérdida elabora las emociones que fueron reprimidas cuando tuvo lugar el trauma. Aunque hayan pasado años o décadas, es preciso poner palabras a lo ocurrido y expresar los sentimientos. Es necesario hablar del muerto en el ámbito familiar, devolverle su lugar, su protagonismo y su identidad; rescatarle del silencio. Hay que restablecer la memoria del muerto manteniendo vivo su recuerdo. El duelo es un proceso imprescindible para llevar la emoción a los recuerdos y para poder seguir adelante en la vida.

En ocasiones, el obstáculo para llevar a cabo el duelo no está en el portador del síndrome del fantasma sino en otros miembros del clan familiar que, como supuesta medida de protección,  rechazan escuchar las palabras y emociones del que pretende hacer el duelo. Cuando no se puede hacer el duelo, éste queda congelado, pendiente. Esto puede provocar efectos muy perjudiciales en las generaciones posteriores. En este sentido, las generaciones sucesivas, más desconectadas emocional y cronológicamente con el trauma y las circunstancias en que tuvo lugar, se verán invadidas por una gran confusión y desorientación, quedando más expuestas a somatizar el trauma con enfermedades de mayor gravedad.

Hacer el duelo es un paso ineludible para despedirse de la persona y liberar al clan familiar del trauma emocional de la pérdida. Lo primordial para liberarse de la identificación endocríptica es comprender que la negación y la represión de los procesos traumáticos fortalecen y alimentan su vigencia y su transmisión entre generaciones. La solución está en otorgar a todos los ancestros su lugar y su protagonismo, sin silencios ni secretos, para poder diluir pesados lastres que limitan y condicionan la evolución del yaciente y del propio clan familiar.