Rangos de hermandad: lectura horizontal del árbol genealógico (1ª parte)

Por Jesús Casla

Terapeuta de BioNeuroEmoción –

Descodificación Biológica

& Hipnosis Clínica Reparadora

www.dbr-casla.com

El estudio del árbol genealógico parte de la premisa de que determinados comportamientos inconscientes se transmiten de generación en generación y condicionan nuestra evolución y desarrollo en la vida. Para el análisis transgeneracional es fundamental establecer los vínculos existentes entre los miembros del clan, los programas inconscientes que se transmiten y, con ello, poder establecer la lógica del árbol genealógico. Las fechas de concepción, nacimiento y muerte, así como los nombres o las profesiones, determinan líneas de afinidad entre los integrantes del clan. El sentido del estudio del árbol genealógico es precisamente tomar conciencia de esos programas inconscientes para poder desvincularse de ellos y desatar los “nudos” del pasado porque el árbol vive dentro de nosotros; somos una expresión del clan familiar, un eslabón más de la cadena.
Si la lectura vertical del árbol genealógico nos permite conocer y tomar conciencia de los programas inconscientes que heredamos, la lectura horizontal, es decir, el rango de hermandad, constata cómo el orden filial también influye en nuestras vidas y en nuestra forma de ser tanto con respecto a nuestros hermanos como con respecto al clan y, por ende, al rol que asumimos en el seno familiar. El rango de hermandad repercute en nuestra personalidad y en nuestras relaciones.

Ventajas e inconvenientes del rango de hermandad

El orden en que nacemos, el puesto que ocupamos en la fratría, es tan importante y determinante como el género. Ningún hermano, ningún niño, tiene los mismos padres porque éstos, en función de sus circunstancias vitales y humanas, son diferentes con cada uno de sus hijos y éstos, a su vez, nunca asumen o les es asignado un mismo rol familiar.
Contemplar y analizar el orden filial en el árbol genealógico o el lugar de nuestros ancestros con sus colaterales generacionales es clave para comprender la transmisión transgeneracional. Todos sabemos que, a pesar de haberse educado en un mismo seno familiar, con unos mismos valores, es habitual que la personalidad entre hermanos sea muy distinta o que entre ellos puedan existir rivalidades, envidias, celos, competencia o incomprensión. El orden de nacimiento y el sexo asignan funciones y espacios en el clan familiar, y generan lazos y pactos invisibles e inconscientes con otros miembros del árbol que ocuparon el mismo lugar filial. El rango de hermandad incide, por tanto, en el desarrollo de la personalidad.

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El rango de hermandad influye en la formación de la personalidad de los hijos

Todo niño, todo hijo, tiene desde su nacimiento tres necesidades claves que marcarán su vida, sobre todo su primera infancia: amor, pertenencia e identidad propia. Para asegurarse estas necesidades, el niño tratará de diferenciarse de sus hermanos a través de la comparación. Intentará compararse y desacreditar a sus “rivales” para conseguir exclusividad o mejorar su posición inicial.
Todo rango en la hermandad lleva implícitas ventajas e inconvenientes pues define con precisión el rol de cada uno, asigna territorios y proporciona identidades que pueden entrar en colisión con otro o con otros miembros el clan o de la fratría.
Se trata, obviamente, de tendencias, no programas. Por tanto, para estudiar estas tendencias hay que tener en cuenta varios factores que pueden entrar en juego cuando los padres, consciente o inconscientemente, asignan privilegios.
En primer lugar, incide el número de hijos y la edad. En las familias numerosas o en las que los hijos han nacido con varios años de separación, es habitual el surgimiento de subconjuntos que pueden llegar a funcionar como si hubiera varias pequeñas familias en una: hermanos medianos que asumen el rol de hermanos mayores porque éstos ya han abandonado el hogar familiar o el hijo de un matrimonio en segundas nupcias que vivirá el rol de hijo único porque los otros, que son mucho más mayores, también han abandonado el hogar.
No se debe pasar por alto que la configuración de la familia ha variado sustancialmente en las últimas décadas. De una estabilidad secular, la familia ha pasado a ser en la actualidad una institución mucho más flexible. Con las separaciones y divorcios cada vez son más habituales las familias recompuestas que unen en un mismo hogar a hijos de diferentes procedencias que llegan con sus propios rangos e identidades de origen, lo que trastoca tanto el genograma como la asignación de roles. No olvidemos que las familias recompuestas las integran personas con diferentes programas inconscientes y con diferentes orígenes transgeneracionales, habituados a otras jerarquías. Esta reconfiguración suele generar desconcierto, dudas, miedos e inseguridad entre los hijos. Obtener una nueva parcela en el nuevo territorio se torna prioritario. La rivalidad puede ser feroz y esa lucha puede provocar culpabilidad y sufrimiento.
Las pautas tradicionalmente seguidas para asignar privilegios dentro de la fratría están retrocediendo ante la normalización de algunos avances sociales. Cada día más mujeres asumen roles de liderazgo ya sea en el ámbito profesional o en el familiar al frente del negocio o patrimonio legado por los padres. Esto está provocando la disminución de la hasta hace poco tiempo habitual y aceptada costumbre de invertir los rangos a favor de los varones.
El control de natalidad, con la reducción del número de hijos y el crecimiento del espacio temporal entre ellos, también altera los rangos. Por otra parte, la cada vez mayor permisibidad hacia el aborto aumenta el desorden en la llegada de los hijos e incrementa sustancialmente el riesgo de crear hijos de reemplazo, además de falsear el lugar de los hijos en la fratría. No olvidemos que en el análisis transgeneracional debemos tener siempre en cuenta los abortos para otorgarles su lugar, lo que, a su vez, influye en los rangos de hermandad.

Inversión de rangos

Los padres tienen el poder y, consciente o inconscientemente, a veces alteran los rangos de hermandad dentro de la fratría sin respetar el orden de nacimiento. Esta alteración de rangos puede estar provocada por un acontecimiento concreto, como la muerte de uno de los hijos. También pueden dar lugar a cambios de rango la llegada al seno familiar de uno o más hijos adoptados, así como la constitución de una familia recompuesta tras un divorcio o separación con la afluencia de hijos de uno y otro cónyuge. Otras veces, como hemos visto, son razones atávicas como el sexo, otorgando, por ejemplo, el rango de primogénito al primer varón aunque exista alguna hermana mayor.
En cualquier caso, la inversión de rango es un asunto delicado y conflictivo que atenta contra la dignidad del afectado y siempre deja secuelas. El hijo desposeído de privilegios y el que los adquiere están condenados a convivir bajo el signo de la rivalidad permanente. Ambos sufrirán en sus vidas por ese conflicto, quizá sin ser plenamente conscientes de la causa primera de ese desencuentro.
Nada tiene de raro que el hijo desposeído de su rango natural, fruto de esa desubicación, muestre insegurid, baja autoestima e incluso manifieste problemas de identidad. Por el contrario, el que obtiene una mejora en el rango de hermandad gozará del respaldo y reconocimiento paternos aunque inconscientemente llevará consigo el sentido de culpabilidad por haber recibido un rango que él sabe bien que no le corresponde.
Cuando se dan estas inversiones de rango en la hermandad es preciso que los padres tomen conciencia de las mismas, las reconozcan y reaccionen para evitar las confusiones inherentes y las inevitables secuelas. Es responsabilidad de los padres valorar al hijo y respetar su propia identidad, empezando por mantener y aceptar el rango que el orden de nacimiento le ha deparado en la fratría.